Reseña

“La muerte del comendador” de Haruki Murakami – Tusquets

Esta novela ha sido editada en dos volúmenes pero, igual que esa magnífica portada, de la que no he sido consciente hasta que no he puesto las dos juntas, es una sola, larga, que tiene la esencia de Murakami, todo lo que esperan sus seguidores y todo lo que se pueden encontrar a lo largo de su obra.

Por un lado, las maravillosas reflexiones, pegadas a la realidad, de personas que un día deciden buscar un sentido a su vida y que lo encuentran la mayoría de las veces en su pasado o dentro de sí mismos, gente perdida, profunda, silenciosa, que observa el mundo buscando una respuesta. Y por otro lado ese mundo mágico donde todo es posible, realidades paralelas en lugares que están cerca de nosotros, dentro de un agujero negro encontrado en un bosque que parece una puerta a otra dimensión o simplemente un lugar donde desaparecer, donde entender el mundo hasta el punto en el que da lo mismo salir, como en “La muerte del comendador”, o puertas que dan a otro universo, paralelo, cercano, muy parecido y sin embargo muy diferente al nuestro, como en “1Q84”, o un mundo entero dentro de un pozo, en la oscuridad, o tantos otros.

Por eso esta novela es una magnífica forma de acercarse a la obra de Murakami para quien nunca lo haya leído y un disfrute para quien sea seguidor.

Un hombre es abandonado por su mujer y decide dejar su principal actividad, pintar retratos, y emprender un viaje por el norte de Japón, con su viejo coche, un viaje de búsqueda, de conocimiento, donde conoce a una mujer misteriosa y a un hombre que conduce un Subaru, que será clave. Clave no tanto argumentalmente sino esencialmente, clave en la forma en que son importantes ciertos personajes en las novela de Murakami, donde a veces no importa tanto lo que sucede sino cómo se siente lo que sucede. Clave porque el protagonista se da cuenta de algo esencial, porque, sin que lo sepa, ese hombre del Subaru modifica todo lo que siente y lo que piensa. ¿Cuántas veces nos pasa eso a nosotros y no somos capaces de reconocerlo? Es asombroso como Murakami es capaz de hablar de cada uno de nosotros desde tan lejos o desde su universo mágico.

Viaja hasta que un amigo, hijo de uno de los pintores más importantes de Japón, le ofrece la casa de su padre para que se quede a vivir allí. Y en esa casa descubrirá un agujero excavado en pleno bosque, un lugar mágico y misterioso que vertebrará toda la novela, como una fuente de conocimiento, de reflexión y de cambio. Y en esa casa descubrirá un cuadro esencial y desconocido del gran pintor, y del cuadro saldrá un personaje que se le aparecerá, una idea, que también será clave. Y conocerá a un vecino, un personaje magnífico, que le cuenta una historia sobre una de sus alumnas que también vive cerca de allí, y entre los tres se creará un triángulo asombroso. Y volverá a pintar. Y descubrirá un mundo secreto, mágico, extraño, que le hará viajar por territorios desconocidos, tal vez dentro de sí mismo.

Esta novela es una reflexión maravillosa sobre el arte, sobre la memoria, sobre lo que volcamos de nosotros en lo que creamos, sobre la culpa, sobre lo que sabemos de nosotros mismos y sobre lo que somos capaces de descubrir de nosotros mismos y de los demás, sobre los acontecimientos del pasado que nos han marcado, sobre los mundos que se cruzan con el nuestro y lo modifican, sobre la percepción de la realidad y la posibilidad de salvarnos.

Llena de magníficos personajes, como Menshiki, el vecino, rico, excéntrico, obsesivo, con un pasado turbio y un único objetivo, conocer a la que puede ser su hija, Marie Akikawa, otro personaje impresionante, la adolescente callada que recorre los bosques a oscuras, o su tía, Shoko. Como Masahiko, que cede la casa al protagonista, y su padre el gran pintor Tomohiko Amada, fundamental en el desarrollo de la historia y en su resolución, y hasta Yuzu, la mujer que le abandona, motor de la historia y sin embargo contada en pocos trazos. Llena de historias y de tramas (que terminarán cruzándose) apasionantes, mundos reales, historias cotidianas y mundos mágicos alucinantes.

No quiero desvelar nada porque tiene una resolución asombrosa y, parece mentira, pero Murakami, después de 967 páginas (entre los dos volúmenes) termina la novela de forma abrupta, como si ya no tuviera sentido seguir tirando de la trama, explicando, como si llegados al punto del gran descubrimiento del narrador, ya nada tuviera sentido. No importan los personajes que le han acompañado en el viaje, no importa más que lo que él ha aprendido, cómo ha cambiado su esencia, su forma de ver el mundo, cómo ha crecido definitivamente, y uno se queda con ganas de otras mil páginas más que nos cuenten qué fue del gran Menshiki, y como creció Marie, y qué pasó con ese agujero que dio sentido a todo. De repente la vida pasa por delante en pocas páginas. Ya no hace falta más. Lo esencial está contado. pero nos quedamos con ganas de más. Más Murakami.

Es bueno léerselas del tirón, porque en el primer volumen no acaba nada y del capítulo 32 al final del Libro 1 pasamos al 33 en el comienzo del Libro 2, y es mejor ahorrarse los meses que me he pasado yo esperando esa segunda parte que no era tal, sino mera continuación.

No os la perdáis. Es magnífica. Es Murakami.

Reseña

“Nada que no sepas” de María Tena – Tusquets

“Nada que no sepas” es magnífica. Una historia sobre la necesidad de saber, sobre la búsqueda, sobre la imposibilidad de avanzar sin conocer. Sobre lo que sabemos de nosotros mismos y como, al final, la memoria nos construye.

Pero también es una historia sobre el amor, sobre la pareja y cómo se va desagarrando con el tiempo y la rutina.

Nunca se sabe cuál es el momento en que  las cosas empiezan a joderse. No es como cuando la comida se pudre. No hay olor, no hay señales. Pero cuando te das cuenta se ha perdido la pasión y queda ese cariño que tiene el mismo sabor que las galletas deshidratadas de la comida de régimen. Ese afecto blando, gelatinoso, que ya no te sostiene para enfrentar la vida. Algunos no sabemos vivir sin eso: la chispa, el arrebato, ese fervor“.

Es la historia de una mujer que decide volver a Uruguay para saber cómo murió su madre, que tenía tan solo treinta y siete años, una historia que su padre siempre le ocultó. La historia arranca así, con una salida precipitada, las maletas siempre preparadas, como huyendo. Nada se sabe de su madre. Y cuando en Uruguay empieza a preguntar se encuentra con las viejas historias que nunca se han contado, con los secretos que todos sabían, con amistades que han envejecido y tiene que entenderlo todo, buscar, reelaborar sus propios recuerdos, distinguir lo que es verdad, de lo que le cuentan. Y así no solo reconstruye la historia de su madre sino que se encuentra a sí misma, recuerda a su padre, recuerda sus propios miedos, imágenes olvidadas,  la historia de su hermano y desde allí es capaz de entender mejor su historia en España y cerrar el círculo. Es fantástico como María Tena cuenta como la madre tiene que adaptarse al Uruguay de los años 60, viniendo desde una España gris, de posguerra, católica y reprimida, pazguata, para sumergirse en el Montevideo de la alta burguesía, divertido, liberal, un poco de vuelta de todo.  Porque “Nada que no sepas” es también una historia sobre cómo nos marca la educación, sobre como liberarnos de lo que nos ha formado.

Además, el viaje se inicia después de que nuestra protagonista sepa que su marido le ha sido infiel así que, de alguna forma, viaja también buscándose a sí misma, buscando respuestas a su vida, caminos, decisiones. La recuperación de un amor antiguo. La valentía y la decisión de recuperarlo. El descubrimiento del amor cuando ya casi no lo esperas, cuando tienes que salir de la comodidad de la rutina, de los gestos conocidos para volver a sentir la misma pasión. Para liberarte. Aunque nada termine.

Ahora, según pasan los años, me doy cuenta de que nada termina nunca del todo. Ni siquiera con la muerte”.

Me ha parecido emocionante, clarividente. Es verdad que yo estoy muy sensibilizado ahora con el tema de la memoria, empeñado en recuperar la mía, y me veo en cada línea y me reconozco en ese título, tan maravillosamente puesto, “Nada que no sepas”, y, también, en la imposibilidad de saber del todo.

Es tan inmenso el territorio de lo que no sabemos. Todo lo que se queda por decir“.