Reseña

“El cielo según Google” de Marta Carnicero – Acantilado

Al principio no quise preguntar nada“. Así arranca la primera novela de Marta Carnicero, y desde ahí hasta el final no he podido parar de leer esta historia sobre la pareja, sobre los celos, sobre la infidelidad, sobre la paternidad, sobre el hecho de ser hijo, sobre la maternidad, sobre la adopción, sobre la imposibilidad de recuperar el pasado, sobre la importancia de las cosas que nos ocurren, sobre cómo vivimos nuestras vidas mientras Google nos pinta otra realidad, distinta, estable, ficticia.

Una mujer recibe una llamada que le anuncia la inminente muerte de su padre, que la abandonó y al que no ha vuelto a ver desde hace muchos años, mientras que ella misma acaba de sufrir otro abandono, el de su pareja. Los dolores, los recuerdos y las sensaciones se superponen y disparan la novela, los recuerdos, el viaje (yo creo que todos los viajes son de ida) y la vida.

Y por el camino sabremos que no todos son buenos ni malos y conoceremos la historia de sus padres, su amor inicial, la adopción de Naïma, (la narradora) y asistiremos a la lenta degradación de una pareja que se deja llevar. Los celos, las infidelidades y cómo reacciona cada uno. Las batallas, las luchas, la desidia, el lento desangrarse. A mí me ha interesado mucho este estudio de la pareja, una pareja que decide convivir a pesar de todo, por necesidad y por decisión, y la descripción exacta de cada sensación, la ausencia de deseo, la mediocridad, la desidia, el desamor, el dolor, y esa terrible perdida de tiempo que es seguir al lado de la persona equivocada.

Tenemos varios yoes dentro y lo que somos depende, más de lo que parece, del compañero de viaje que nos hemos buscado; nos amoldamos a sus costumbres sin darnos cuenta de que dejamos atrás versiones de uno mismo que quizá otra pareja habría sabido despertar“.

Y por otro lado conoceremos, apenas, tan solo dibujada, la historia del padre. El otro lado. Como si solo fuéramos capaces de salvarnos cuando conocemos ambos lados, cuando somos capaces de ponernos en la piel de los que nos hicieron sufrir y comprenderles, de alguna forma, como si solo esa fuera la forma de avanzar.

Una novela que empieza muy poco a poco y que va cogiendo tono y fuerza hasta construir una historia muy hermosa y muy dura, magníficamente contada, llena de reflexiones valiosas en un viaje interior muy potente, con personajes muy bien dibujados.

Me ha parecido una buena novela (y bien traducida del catalán por parte de Pablo Martín Sánchez).

 

 

Reseña

Ignacio Padilla

En diciembre, Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, organizó junto con el Instituto Cervantes de Madrid y el Instituto de México, un homenaje a Ignacio Padilla, muerto en un accidente de trafico hace dos años. Páginas de Espuma acababa de publicar “Micropedia”, una tetralogía que, bajo al edición de Jorge Volpi, dan forma a un universo asombroso y único que, en palabras de Juan Casamayor, “es una de las cumbres del cuento en español“: “Las antípodas y el siglo”, “Los reflejos y la escarcha”, “El androide y las quimeras” y “Lo volátil y las fauces”, este último inédito. Además, en el estuche se incluye un cuadernillo con textos sobre Ignacio Padilla escritos por amigos y escritores que lo leyeron y le conocieron, como Alberto Chimal, Santiago Gamboa, Fernando Iwasaki, Andrés Neuman, Edmundo Paz Soldán o Cristina Rivera Garza, entre otros. Una auténtica joya.

El homenaje fue emocionante y, sobre todo, impregnó a todos los asistentes de la esencia de Ignacio Padilla, de su personalidad extraordinaria, de su obra única, del dolor de sus amigos, de la admiración, del desastre que fue ese accidente que nos privó de él. Abrió el acto Luis García Montero e intervinieron Juan Casamayor, Fernando Iwasaki, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Pellicer y Jorge Volpi, moderados por Raquel Caleya.

Al día siguiente hablé con Juan Casamayor y le confesé un asunto que me avergonzaba: “Juan, no he leído a Ignacio Padilla”, y él me contestó “Pues es hora, entonces”.

He empezado por “Las antípodas y el siglo” y me faltan palabras para describir la sensación de entrar en el universo de Ignacio Padilla, la imaginación, la exuberancia, la forma de narrar y de arrastrarte por las páginas como sus personajes se arrastran por desiertos o paisajes desbordados, la falta de aire al terminar cada relato, la alegría, la sensación de plenitud y de emoción. Solo sé que esta puerta que me ha abierto Juan Casamayor ya no se va a cerrar (como tantas otras que me ha abierto, por cierto).

Un hombre que reconstruye en el desierto su ciudad amada, Edimburgo, con sus calles y su castillo, ante la imposibilidad de volver; la lucha contra la muerte y la forma de vencerla de los nativos de Saint Martin que “habrían preferido olvidar la muerte” o “asimilarla hasta apropiársela con un vigor sobrehumano“; la historia del hombre que “concibió la idea de conquistar el Everest mientras agonizaba en un hospital“; la importancia de reconocer y poseer un Hutchinson-Van Neuvel en la batalla; la terrible venganza que infligieron los habitantes de Salisbury al coronel Eyengton, el tedio y el tiempo; la historia del peor sastre del Raj Británico y la convicción de que “el verdadero heroísmo emerge por fuerza en el inmenso trecho que media entre el valor y el absurdo“; el combate entre un santo y el demonio que habitan la misma persona; el paraíso clausurado del psiquiátrico del doctor Talbot, donde la locura no era sino una virtud o una forma de vida; los erilios, con su rastro de harina y humanidad; o la imagen de Lord Gronoham muriéndose de frío mientras abrazaba una litografía de Durero.

El universo de Ignacio Padilla está lleno de mundos extraños que explican el nuestro, de locos en los que nos reconocemos, de viajeros que envidiamos, de muertes soñadas, de gritos, de pasión, de amor. Para mí ha sido un gran descubrimiento. Voy a intentar recuperar el tiempo y dejarme llevar.

Poco puedo aportar yo después de lo que cuentan todos sus amigos y los escritores que le homenajean en esta magnífica “Micropedia”. Solo quería compartir, como lector, con vosotros, la experiencia, la alegría, el disfrute, la emoción, por si queréis seguir mis pasos y lanzaros a devorar las páginas que escribió Ignacio Padilla.

Nos os arrepentiréis.

 

 

Reseña

“Serotonina” de Michel Houellebecq – Anagrama

No puedo evitar leer a Michel Houellebecq. Y me cae fatal. Me parece un misógino y a veces me parece hasta racista, clasista… Y sin embargo luego me doy cuenta de que me está provocando, constantemente, y que estoy cayendo en la trampa. Es canalla, inteligente, provocador, divertido, profundo, y cuando sale el mejor Houellebecq te sumerge en la historia y te termina hiriendo como hiere la buena literatura. No puedes salir indemne de su lectura.

Las novelas de Houellebecq suelen tener una arquitectura parecida: primero te pinta un mundo tremendo en el que parece no haber salida y luego te muestra una pequeña esperanza, una luz a la que agarrarte, para, una vez que has bajado un poco los brazos, golpearte con la fuerza de la desesperanza.

“Serotonina” cuenta la historia de un hombre autodestructivo, solitario y que, sin embargo, tiene la esperanza (por un momento) de encontrar el gran amor, la paz, el sentido, pero que sabe que solo hay una salida. Un hombre que “se está muriendo de pena” y que busca en la química una solución más real y posible, la única forma de sobrevivir.  Está enganchado a un nuevo antidepresivo (“Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible“, así empieza la novela) “que permitía a los pacientes integrar con una facilidad inédita los ritos más importantes de una vida normal dentro de una sociedad evolucionada (higiene, vida social reducida a la buena vecindad, trámites administrativos sencillos) sin favorecer en modo alguno, a diferencia de los antidepresivos de la generación anterior, las tendencias suicidas o de automutilación.
Los efectos secundarios indeseables observados con mayor frecuencia con Captorix eran las náuseas, la desaparición de la libido, la impotencia.

Porque en realidad de eso trata esta novela: de la posibilidad de relacionarse con el mundo, de la posibilidad de encontrar la felicidad, del amor, del deseo, de lo que ocurriría si fuéramos capaces de anularlo, de la imposibilidad de vencer.

Arranca con la certeza de que tiene que dejar de convivir (o lo que quiera que sea eso) con su pareja y con el descubrimiento de unos videos porno protagonizados por ella, con una huida y continúa con el repaso de lo que ha sido su vida sentimental, su búsqueda, sus fracasos y la imposibilidad de volver atrás, y todo ello mezclado con un análisis de la sociedad francesa más actual.

Está llena de referencias culturales, de críticas feroces y divertidas a destacados escritores, lleno de momentos en los que intenta despertarnos a base de referencias al propio lector, de llamadas de atención, de provocaciones, pequeñas y divertidas, y enormes, que nos obligan a movernos en el asiento y hacernos algunas preguntas esenciales. Porque como toda buena novela, “Serotonina” no hace más que plantearnos preguntas.

Hay que leer a Houellebecq.